miércoles, 28 de enero de 2009

El sueño de los hechiceros, primera parte

Una vez soñé, y soñé con un mundo donde todo era mar, salvo una gran isla, aunque no lo bastante grande para llamarse continente.

Una pareja de hechiceros de gran poder, viajando a través de realidades por túneles que tan solo unos pocos conocen, encontraron este mundo, y decidieron hacer de esa isla su morada.

Decidieron edificar un enorme palacio, de dos mil plantas de estatura, más un amplio sótano. Mientras uno movía los materiales desde otros planos al lugar, la otra les daba la forma de ladrillos con melódicas canciones. Movieron todos sus bártulos y artefactos arcanos desde sus laboratorios en su tierra natal hasta el sótano del palacio.

Una vez terminado hasta el último detalle, el palacio resultaba ser demasiado grande para tan solo dos personas. Además, creyeron conveniente compartir tal maravilla con más gente. Decidieron convertirlo en la mayor de las posadas, salvo el sótano, que, dado la gran cantidad de enseres mágicos que poseían fue convertido en museo, y la última planta, en la que ellos harían su nido y se alojarían.

No contrataron personal para la posada, pues en su lugar animaron sus objetos con su magia. Un piano en cada alcoba tocaba la melodía que su huésped quisiera, la vajilla de la cafetería tenía vida propia y se servía, recogía y fregaba por si misma, y los libros de la biblioteca volaban desde las estanterías o hasta ellas según si los invitados deseaban leerlos o no. Puertas y ventanas se abrían o cerraban solas según lo ventiladas que estuvieran las habitaciones, las escobas, fregonas y plumeros paseaban limpiando estancia y pasillos, mientras sábanas, toallas y mantas se cambiaban y limpiaban por si mismas, cuando las camas se hacían por arte de magia. De vez en cuando incluso algún espíritu surgió de uno de los cuadros de adorno a hacer compañía a los invitados.

El precio por noche no serían más que tres hojas de abedul, que crecían en la propia isla donde se edificó la estructura, para que cualquiera con la capacidad de llegar hasta tal lugar pudiera disfrutar de su estancia en tan lujoso lugar.

Celebraron una inauguración por todo lo alto, y acudieron todo tipo de seres sobrenaturales: otros grandes hechiceros de otros reinos, Dioses de todas las mitologías y planos, incluso algunos cuyos nombres quedaron olvidados hace tiempo, toda una peculiar hueste de la corte feérica, tanto nobles y vasallos, incluyendo hasta sus reyes, Oberón y Titania, también la mismísima Muerte, que jugó al ajedrez en el salón con la última persona que se había llevado mientras el Diablo intentaba engañar al pobre incauto para conseguir su alma ofreciendole ayuda en la partida.

Contemplaron las mágicas luces de su gran posada-palacio, vibrante de vida, desde su terraza en el último piso. Volaron de la mano con alas de plata encantadas alrededor de su edificio observando su creación joviales y orgullosos mientras compartían ese momento.

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