Yo no era más que un muchacho que miraba el mar con anhelo desde las ventanas de la posada que regentaba mi familia en el puerto. Una posada que en un principio estaba destinado heredar, la única posesión de nuestra familia, generación tras generación.
Pero no era eso lo que yo deseaba. Quería navegar libre por el gran azul, vivir la aventura y peripecias de la vida de un marino.
Ya desde muy niño mi madre me contaba las historias de mi abuelo, un pirata. Mi abuela era una mujer de cuna noble, desheredada por concebir una hija bastarda, mi madre, con tal criminal. Crió sola y deshauciada a mi madre, como buenamente pudo. Esta última conoció a mi padre, propietario de la posada, surgió el amor, y finalmente se casaron, pese a la desaprobación de mis abuelos paternos. A partir de esta unión nací yo, junto a mis seis hermanos menores, tres varones y tres hembras.
Mi madre me enseñó también a leer y a escribir, y me dio algunos libros de aventuras que su abuela había robado de la biblioteca de su antiguo hogar en la nobleza. Leí esos libros varias veces, y alimentaron aún más mis ansias por echarme a la mar.
Sin embargo, mi padre insistía en que debía ganarme la vida como un hombre honrado. Siempre he respetado mucho a mi padre y los valores que me transmitió, pero él y yo siempre tuvimos un carácter muy distinto, y es por eso que finalmente marché de su lado en busca de aventura.
Yo ya estaba cansado de barrer y fregar los suelos de la posada, y tramé un plan para escapar de ello: de vez en cuando tripulaciones piratas atracaban en el puerto, y a veces los oficiales descansaban en la posada. Teníamos un buen ron y solían encapricharse de este, así que terminaban llevándose algún barril para sus travesías. Con dieciséis años decidí unirme a la siguiente tripulación que enrolara un barril de estos, infiltrado en el barril en lugar del alcohol. Una vez a bordo ya buscaría el modo de que me aceptaran como miembro.
Lo que ni imaginaba era la clase de tripulación en la que me enrolaría...
Fue dos meses después de cumplir los dieciséis años cuando el barco del Capitán Galván atracó en nuestro puerto, el origen de mis grandes aventuras.
Me hallaba yo fregando cuando el propio Capitán entró a la posada acompañado de su fiel contramaestre. El aspecto de ambos era especialmente peculiar.
El Capitán era un hombre bastante mayor, de no mucho más de metro y medio, con una melena cana rizada, y con las orejas y la nariz más grandes que jamás había visto. Una nariz ganchuda y exagerada, y unas orejas con varios pendientes y colgantes. Lucía un bigote rizado en ambas puntas como si de colas de cerdo se trataran, una barba de chivo y una sonrisa repleta de dientes amarillos y desorganizados, con un par de dientes muy ennegrecidos y uno hecho de plata. Hablaba con su compañero mientras fumaba una pipa. Vestía un largo abrigo de color rojo con algunas manchas y unos encajes amarillentos de camisa asomando en las mangas, además de un pañuelo igualmente envejecido anudado al cuello. Llevaba unas botas marrones refinadas a los pies, pantalones negros y una espada de empuñadura dorada con florituras enfundada al cinto. Sobre su cabeza reposaba un sombrero de tres picos con la insignia en relieve de la calavera y las tibias, con una lata de rapé y una brújula atadas. Andaba encorbado y cojeando con la ayuda de un bastón. Su voz era tan anciana y gastada como su cuerpo y ropajes, aunque reía con fuerza.
Su compañero era de aspecto aún más extraño si cabe. Debía medir casi dos metros, y sus brazos y piernas eran largos y delgados, pero de su abdomen colgaba una enorme panza que casi llegaba hasta el suelo, por debajo de las rodillas, como si llevara un saco de agua atado a su cintura. Habría pensado que eso era de no ser por que esta barriga asomaba por debajo de su camisa. Su rostro era alargado, pero con una gran nariz (aunque no tanto como la del Capitán) redondeada en el centro de su cara. Sus ojos eran saltones y llevaba una larga barba negra espesa. Vestía camisa blanca de nudos y pantalones de pescador de color marrón, con unas botas viejas desabrochadas en los pies, y dos espadas colgando del cinturón. Sobre la cabeza llevaba un pañuelo rojo, y sobre este otro sombrero de tres picos, aunque de menor tamaño y menos detallado que el del Capitán. Al cuello llevaba un silvato en un collar. Le faltaban tres dedos en su mano derecha, uno de ellos el pulgar, lo que me hacía preguntarme para quería realmente una segunda espada. Su voz era grave y potente.
Se sentaron en una de las mesas, el anciano dejó su abrigo colgado en la silla, mientras el grandullón posaba su sombrero sobre la mesa, sin quitarse el pañuelo rojo.
- ¡Muchacho! -se dirigió el viejo hacía mi- Tráenos un par de tragos del mejor ron que tengas en la bodega. Tenemos algo que celebrar.
Abandoné presto la fregona y me dirigí a la barra, donde mi padre ya estaba sirviendo un par de jarras de ron para los marinos. Las tomé y las llevé a los hombres, y me quedé mirando la Jolly Roger del sombrero del Capitán. No eran exactamente el tipo de piratas que esperaba, pero mi decisión ya estaba tomada antes de que aparecieran. Si decidían comprar un barril de ron no esperaría más.
- Te gusta el sombrero, ¿Verdad? -me dijo el viejo- Se lo robé a un corsario inglés que intentó abordarnos. Después de cortarle la cabeza de un tajo -abrió los ojos de manera exagerada mientras lo decía.
Quedé en espera de que terminara la historia cuando mi padre me llamó. Más clientes entraban por la puerta y debía atenderles.
La bebida fue de su agrado, y pidieron más.
- El mejor ron que he probado jamás. No hay nada como el mata-diablos Granadino, te lo digo yo. Digno de la reserva de un rey -comentaba el viejo a su compinche.
Y, tal y como esperaba, encargaron un barril para llevarlo en su siguiente travesía. Su intención era zarpar al día siguiente. Había llegado mi oportunidad.
De modo que, esa misma noche, cambié el barril que debían llevarse por uno vacío en que me introduje yo mismo. Si todo salía según lo planeado, pronto viviría grandes aventuras como hombre libre, sobre mi deseado Mar.
Nunca dejes de escribir!
ResponderEliminarCon diez cañones por banda,
ResponderEliminarviento en popa a toda vela,
no corta el mar, sino vuela
un velero bergantín:
Bajel pirata que llaman
por su bravura, El Temido,
en todo mar conocido
del uno al otro confín.
La luna en el mar riela,
en la lona gime el viento,
y alza en blando movimiento
olas de plata y azul;
y ve el capitán pirata,
cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, al otro Europa,
y allá a su frente Estambul.
Navega, velero mío,
sin temor,
que ni enemigo navío,
ni tormenta, ni bonanza,
tu rumbo a torcer alcanza,
ni a sujetar tu valor.
Veinte presas
hemos hecho
a despecho
del inglés,
y han rendido
sus pendones
cien naciones
a mis pies.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi Dios mi libertad,
mi ley la fuerza y el viento,
mi única patria la mar.
Allá muevan feroz guerra
ciegos reyes
por un palmo más de tierra:
que yo tengo aquí por mío
cuanto abarca el mar bravío,
a quien nada impuso leyes.
Y no hay playa
sea cualquiera,
ni bandera
de esplendor,
que no sienta
mi derecho
y dé pecho
a mi valor.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi Dios mi libertad,
mi ley la fuerza y el viento,
mi única la patria la mar.
A la voz de "¡barco viene!"
Es de ver
cómo vira y se previene
a todo trapo a escapar:
que yo soy el rey del mar,
y mi furia es de temer.
En las presas
yo divido
lo cogido
por igual:
sólo quiero
por riqueza
la belleza
sin rival.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi Dios mi libertad,
mi ley la fuerza y el viento,
mi única la patria la mar.
¡Sentenciado estoy a muerte!
Yo me río:
no me abandone la suerte,
y al mismo que me condena,
colgaré de alguna entena,
quizá de su propio navío.
Y si caigo,
¿qué es la vida?
Por perdida
ya la di
cuando el yugo
del esclavo,
como un bravo,
sacudí.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi Dios mi libertad,
mi ley la fuerza y el viento,
mi única la patria la mar.
Son de mi música mejor
aquilones;
el estrépito y temblor
de los cables sacudidos,
del negro mar los bramidos
y el rugir de mis cañones.
Y del trueno
al son violento,
y del viento
al rebramar,
yo me duermo
sosegado.
Arrullado
por el mar.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi Dios mi libertad,
mi ley la fuerza y el viento,
mi única la patria la mar.
Que grande eres Marq! xD
ResponderEliminarAnimo con este pedqazo de Blog!