lunes, 16 de febrero de 2009

Dunkel, primer final

Hasta el aciago día en que Dunkel recibió la vista de un extraño carruaje. Era muy distinto a ninguno que antes hubiera visto. Ningún caballo tiraba de él, y parecía que lo hubieran construido empleando un metal azul oscuro.

- Nadie pasará –dijo Dunkel con su voz grave y firme.

El carro se detuvo, y dos hombres salieron de su interior. Portaban ropajes extraños, de tela del mismo azul oscuro que el coche, coronados con extraños y ridículos sombreros. Uno de ellos habló con una caja que después se guardó en el cinturón.

El Guardián asió su espada dispuesto para la refriego, cuando uno de los hombres le señaló con un pequeño y extraño artefacto metálico.

- Ponga las manos donde pueda verlas. Queda usted detenido por los cargos de posesión de arma blanca y sospechoso de asesinato –dijo el hombre del artefacto mientras miraba los cadáveres a su alrededor.

Dunkel no entendió nada en absoluto de lo que decía aquel hombre. Quedó pasmado intentando descifrar esas palabras cuando se dio cuenta que el otro hombre ya estaba junto a él y había encadenado sus manos con unos pequeños grilletes.

Desposeyeron al Guardián de su espada y le introdujeron en el vehículo con las manos encadenadas a la espalda y agachando su cabeza.

Aún no entendía nada, pero si sabía que había fallado los grandes poderes que lo eligieron en su eterno cometido. Ahora que nadie guardaba el camino hasta ellos, los mortales alcanzarían su Reino y lo destruirían. Por primera vez en su larga vida, Dunkel sollozó, pidiendo disculpas a los grandes Dioses por haber sido indigno de su confianza.

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