Más de una hora llevaba metido en el barril cuando los piratas vinieron en mi busca. Se trataba de un tonel bastante grande y tenía un poco de movilidad, pero aún así tenía que permanecer acuclillado en su interior. Oía las voces de dos hombres mientras notaba el bamboleo de mi escondite sobre sus hombros. Una era profunda, lenta y sonaba infantil, mientras la otra era nasal y pronunciaba las eses como si vinieran acompañadas de haches. Hablaban sobre la afición del Capitán al ron, y tenían la esperanza de que al menos les dejara probar un trago del barril que estaban transportando.
Menuda sorpresa les esperaba...
Menuda sorpresa les esperaba...
Se escucharon gritos de orden, la voz concordaba con la del hombre de barriga extraña, y al parecer mis portadores se dirigieron a él preguntale donde podían guardar el barril. Le llamaron Contramaestre Vargas, y respondió indicándoles que debían llevarme al camarote del Capitán.
Continuaron andando, esta vez supongo que dentro del barco, pues ya no podía escuchar las ordenes del Contramaestre. Tocaron con fuerza tres veces madera, lo que supongo que debía tratarse de una puerta, y la voz del anciano respondió que pasaran. Escuche un rechinar de visagras, lo que confirmaba mis sospechas. Noté un cambio en la gravedad y el tonel se paró, ya había llegado a mi destino y me habían soltado, peor aún tendría que esperar un poco más en mi escondite, no fuera que me descubrieran estando aún en el puerto.
No pasó mucho tiempo hasta que empecé a notar el bamboleo marino, estábamos en movimiento, habíamos zarpado.
El viejo contaba dinero: peniques, maravedies y doblones. De vez en cuando le oía renegar. Maldecía la burocracia y reflexionaba sobre la poca utilidad de esta. ¿Burocracia? ¿Que le importa la burocracia a un pirata? Quedé muy extrañado.
- ¡Menudo tedio tanto rellenar papeles! -dijo- ¡Me serviré un trago de ron para amenizar las cuentas!
"¡Maldición! ¿Ahora que hago?" Me dije a mi mismo encerrado en mi cárcel de roble. No tuve mucho tiempo a pensar la respuesta, pues ya asomaba perforando entre la madera la punta de un taladro. Me mantuve en silencio asustado apartándome como podía de la punta de metal de la herramienta. Debo de ser muy afortunado, por que justo en ese momento tocaron a la puerta del camarote.
- En este momento estoy ocupado con las cuentas, ¡Dejad tránquilo a vuestro Capitán! -la herramienta se apartó del orificio y escuché los pasos ágiles del Capitán alejándose, muy ágiles para provenir de un anciano por cojera, ciertamente.
El taladro había dejado un agujero a media altura, y, contorsionando mis piernas y mi abdomen, logró asomar un ojo para ver a través de él.
Lo que vi a continuación fue una imagen aterradora, que aún hoy me persigue en las peores de mis pesadillas.
Ese viejo loco andaba vestido con tan solo unas enaguas de señora y su sombrero. Estaba ante la puerta y se giró hacía un espejo de pie. Se miró, se dio la espalda e hizo un gesto como si alguien le estuviera abrazando mientras imitaba el ruido de besos con sus labios. Jamás comprenderé tal perversión.
Hice un gesto de asco en el interior del tonel. Había visto algo que jamás hubiera deseado ver, pero al menos el viejo parecía haber olvidado su sed. Pasó un buen rato más contando dinero. Esperaría a que se durmiera o marchara del camarote para salir y buscar otro escondite más seguro, cómodo y menos aterrador.
Al rato dejó de contar, y no pasó mucho hasta que abrió la puerta. Me asomé por el orificio y vi que efectivamente abandonaba la habitación. Era el momento de escapar. Dejé pasar un minuto y me dispuse a salir de mi prisión. Apreté hacía arriba con los brazos y...
...Y nada ocurrió... En algún momento debieron poner el seguro por fuera al barril sin que me diera cuenta. Estaba atrapado en mi escondite.
Resignado a permanecer un rato más en cautiverio, decidí esperar a que volviera el Capitán. Le gritaría auxilio desde dentro, que remedio.
Un poco después entró alguien, pero al asomarme por el agujero descubrí que no se trataba del anciano. Era un hombre extremadamente delgado, pálido, de rasgos muy rectos, con nariz ganchuda. Tenía entradas hasta dejar casi toda su cabeza al descubierto, aunque peinaba su pelo largo hacía un lado en un vano intento por disimularlo. En su gran frente se hallaba una gran cicatriz con forma de X.
Vestía como un pirata, y en su rostro aparecía una sonrisa muy maliciosa. Le habría pedido ayuda, pero lo cierto es que su aspecto daba bastante miedo.
Se introdujo sigilosamente en la habitación, cerrando la puerta tras de si con cautela. Miró a todas partes, y abrió uno de los cajones del armario.
- Aaaah... -dijo en voz baja, para si mismo- viejo chalado... ¡Aquí es donde guardas tu más preciado tesoro!
¡Cuál no fue mi sorpresa al ver que lo que extraía del cajón no era otra cosa que las enaguas que hace un rato había visto portar al Capitán! Hundió su cara en la tela y aspiró con fuerza.
- ¡Mmmmmmh! Aún conserva el olor de la dama que los llevó. ¡Menuda delicia!
La mueca de asco volvió a aparecer en mi rostro. "¿Pero en que clase de barco de lunáticos me había metido?" Pensé, aún sin ser consciente de hasta que punto acertaba.
Giró su rostro, esta vez hacia mi.
- ¡Y su reserva personal de ron! ¡Vamos a probarla!
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