lunes, 2 de febrero de 2009

El sueño de los hechiceros, conclusión

En cuanto el rumor de la existencia de la posada se difundió a los cuatro vientos por todas las realidades cientos de huespedes aparecían cada día para descansar unas noches en tan lujoso lugar. Casi cada semana, los hechiceros tenían que conjurar las ramas de los pobres abedules para que sus hojas volvieran a crecer. Toda clase de seres disfrutaron de su estancia allí, desde el más común y mundano mortal hasta el más complejo y extraño de los seres que puedan poblar otras galáxias. La danza no cesaba su sonido en el salón de baile, las tazas no paraban de flotar por encima de la cafetería, los libros agitaban sus páginas como alas desde las estanterias hasta las mesas en la biblioteca y una melodía diferente sonaba en el piano de cada habitación.

Primero fueron años, más tarde siglos, y hasta milenios. Los hechiceros regentaron esa posada durante lo que hasta a los dioses inmortales les parecía una eternidad. Daban largos paseos por las playas de la isla y flotando sobre el mar, charlaban de diversos temas con los invitados durante largas horas, ofrecían variopintos y complejos espectaculos de magia en estado puro en el salón de actos, miraban las estrellas durante toda la noche desde su terraza en lo alto del edificio, y, a veces, incluso pasaban días encerrados en sus aposentos en la última planta.

De manera inevitable, fueron recibiendo visitas de la muerte, que venía a segar sus ya muy longevas vidas. Este funesto invitado disfrutaba mucho de sus estancias en la posada. Como siempre, jugaba una partida de ajedrez con los hechiceros para determinar si debía reclamar sus almas, pero estos siempre ganaban la partida, quizás amañada por su adversario para poder seguir disfrutando unas eras más de los lujos que allí encontraba.

Pero, a pesar de todo, nada es eterno, y no pudieron burlar a la muerte por todos los tiempos. Un día perdieron su partida, y se los llevó, como se nos lleva absolutamente a todos.

La posada quedó cerrada sin la magia de sus propietarios, pero sus espiritus permanecieron anclados en su interior, abrazados en la total oscuridad, susurrandose los recuerdos de dos vidas largas compartidas. El edificio ya no rebosaba vida y habían pérdido los fantásticos poderes que poseían, pero aún tenían lo más importante: se tenían el uno al otro.

Poco a poco el tiempo hizo mella sobre la antaño gloriosa posada, que quedó en ruinas. Sus dos mil plantas hechas con piedra fueron transformandose una por una en arena, que caía al mar. Cuando solo quedó el sótano la isla ya se había transformado en un enorme continente que cubría al menos una cuarta parte del planeta.

La vida surgió en esta tierra y se expandió por todo el continente. Los movimientos sísmicos hicieron que este continente se dividiera, pero no afectaron al ótano, donde las almas de los hechiceros continuaron abrazadas.

La civilización prosperó aún dividida en multiples tierras, y los espiritus de los hechiceros pudieron ver como crecía a través de los arcanos artefactos guardados en su sótano. Observaban a los habitantes de estas ciudades y sus mil historias diferentes.

Y, me aventuraría a decir que, ese mundo que aparece en el sueño de los hechiceros no es otro que este mismo mundo, pero que sus almas ya no reposan abrazadas bajo tierra, si no que finalmente vuelven a estar entre nosotros, juntos, encarnados en dos personas de las que habitan nuestro planeta.

1 comentario: